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  Humboldt 133, Goethe-Institut Inter Nationes 2001
Ausgabe Lateinamerika


Un edificio que no tiene rostro.

Von Ulf Erdmann Ziegler

No existe una representación ejemplar que pudiera mostrar pars pro toto el búnker atómico de Marienthal. No obstante,las fotografias de Andreas Magdanz son un esfuerzo respetable de transformar en imágenes esa cueva de alta tecnologia abandonada.

Desde hace dos anos hay articulos de periódico y rumores, rumores y programas de televisión, pero a la noticia le cuesta hacerse ofr. Resumiendo dice que la Repüblica Federal de Alemania se dio el lujo de construir, al sur de Bonn, un bünker subterráneo, una especie de ciudad en cuevas, prevista para recibir -mientras se libra la batalla de Armageddon- a las cüpulas del Estado y del Ejercito, un refugio gigantesco que ofrece espacio, en una fortaleza autárquica, para tres mil personas durante treinta dias de guerra atómica. Pero esta es solo la primera parte de la noticia; la segunda es que la construcción megalómana, terminada hace treinta anos, se mantenfa lista para su uso por ciento ochenta funcionarios obligados a guardar silencio; y la tercera parte de la noticia es que la cúpula de nuestros politicos, tras el traslado a Berlin, piensa que no la necesitará ya y prácticamente la ha abandonado. El monstruo para fines denominados civiles y militarmente perfecto ya no es secreto. Quien busca la entrada, la encontrarä unos cientos de metros por encima del valle de Marienthal, cerca de Ahrweiler.

Hay razón suficiente para no querer saber nada de esta cuestión; el principio de la teclita delete se llama, como se sabe, represión. La dependencia de Marienthal quizá habria caido en el olvido si un fotógrafo llamado Andreas Magdanz no se hubiera encargado de ella con discernimiento y sensibilidad -si es que el objeto permite cualquier sentimiento-. Como producto de un trabajo de dos anos de duración ha presentado ahora un libro de gran formato, gris, impreso con sumo cuidado, cuya cubierta de color naranja presenta la sombra negra de un B-52. Este avión simboliza el lado activo de una posible guerra atómica, y la graciosa reproducción gráfica la encontró el fotógrafo Mag­danz en »el centro militar« del búnker, en donde habia miles de planchitas magneticas para desarrollar el plan estrategico en el caso denominado de emergencia. El bombardero ocupa la portada porque Andreas Magdanz, despues de un inventario muy intenso, llegó a la conclusión de que no existe una imagen ejem­plar que pudiera representarporspro toto esa cueva de alta tec­nologfa.

No obstante, el libro es un esfuerzo respetable de transformar en imágenes un edificio que no tiene rostrosi se exceptúan dos horribles edificios de entrada-, sino que consta de una sucesión prácticamente interminable de interiores, que en caso de duda no hacen sino repetirse. Hay aparatos pesados y tubos de neón, grandes ventiladores y esclusas de varias toneladas de peso, túneles de ventilación practicables y pasillos tan largos que no se ve el final ni siquiera con el preciso objetivo de una cámara de arquitectura. El lado de industria pesada se complementa con las imágenes de habitaciones con una instalación funcional sin piedad. El blanco y negro se sacrifica, en pocos casos, en perlas de la dependencia, por ejemplo en una peluquerfa de color crema con decoraciones de color lila, que podn'a encontrarse tanto en la nave especial Enterprise como en una casa de munecas barbie.

Para el autor de la documentación fotográfica, que estudió y tambien ensenó en la Universidad Tecnica de Aquisgrán, la »de­pendencia de Marienthal« supuso un golpe de suerte: un vacio en la historia social, politica y estetica. Y el tuvo el privilegio de mirar a su interior. Una vez que habia caido en el remolino de lo inexplicable, Andreas Magdanz se dio a la fuga hacia delante, publicó el libro corriendo el con los gastos, organizó la comer-cialización el mismo, realizó una pelicula de video e instaló una página web (www.dienststellemarienthal.de). Mientras aún estaba fotografiando, comenzó el desmontaje de la instalación; desaparecieron camas, sillas, mesas y telefonos, niapas que ocupaban toda una pared, baneras raras, plafones. Magdanz habia caido en el papel clásico del fotógrafo, el de un buitre de la His­toria. Entonces dio media vuelta y se decidió a proponer la con-servación de la dependencia de Marienthal como una especie de museo de la Guerra Fria. Periódicamente acompana a periodistas, para mostrarles lo que ha quedado del antiguo secreto.

Aunque el libro de fotografias de Magdanz suponga ya una advertencia, al entrar en el búnker se sufre un choque. Dentro, los visitantes se mueven en carros electricos y sus remolques, mientras sienten el viento de marcha, por largos corredores. Hay que tener cuidado con no sacar los pies, para que no se queden colgados en los dientes de hierro de una esclusa abierta. El fotógrafo les sigue, en bicicleta. La imagen que va surgiendo lentamente no es la de una fábrica abandonada, sino la de una fortaleza autárquica que probablemente aún funcione bien, con claraboyas que se cierran en fracciones de segundos. Esta cons­trucción se puede incomunicar con el mundo exterior de modo total. Junto a los generadores, que pueden producir electricidad con petróleo, se dispone de una central electrica de control, que puede desconectarse completamente presionando un botón rojo. En la siguiente habitación hay baterias: proporcionan una electricidad minima, necesaria para poder volver a conectar la energia.

Los visitantes sienten pronto la tentación de preguntar por los puntos debiles del sistema, por las provisiones y la depuración del agua; el periodista de cultura se queda atónito al saber que se ha pensado en una peluqueria, en un quirófano y en una sala de eine, pero que no se habia previsto una biblioteca. Los libros que aqui se hubieran recogido habrian supuesto un testimonio muy interesante.

Aunque uno intente imaginarse este edificio, ha de confesar que resulta prácticamente imposible, pues ninguna posición, ninguna perspectiva revela la dimensión del edificio completo. Oye decir que hay novecientos dormitorios y otras tantas oficinas, que cada sección, toda la construcción autárquica, se repite cinco veces. Gran sorpresa al ver la habitación individual del Canciller, una delgada cámara en la que se ha dejado la parca cama de acero, porque a los visitantes japoneses les gusta mucho echarse en ella. AI parecer, ningún Canciller ha bajado nunca hasta aqui, ni en broma.

AI final, lo que queda es el horror puro: es fácil de imaginarse cómo seria salvarse y quedarse aqui, para siempre, detrás de las puertas cerradas. El fotógrafo, por si mismo, decidió que una cabeza de acero, sin ojos, con una tobera en la boca -el aparato de prueba de las máscaras de gas- es el »único rostro humano« que tiene un puesto legitimo en el interior de la dependencia de Marienthal. Advierte, con razón, sobre el carácter ünico de este edificio, que no necesitó de arquitectos, sino que fue ideado por ingenieros, para derrotar la realidad. Es posible que no se deba olvidar para no llevarse a engano sobre el fundamento de la democracia en la que se vivi'a. Pero seria ciertamente más fácil.
(Frankfurter Rundschau)

Ulf Erdmann Ziegler (1959), ensayista especializado en fotografla y eine, escribe la »Columna de la este'tica« para la revista mensual Merkur. Es curador de la exposición »El mundo como un todo. Fotografla en Alemania a partir de 1989«, organizada por el Instituto de Relaciones Exteriores en Stuttgart.
 
 
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